Selección Colombia de Escritoras: Laura Restrepo, Melba Escobar, Andrea Echeverri, Carolina Sanín, Fanny Buitrago, Pilar Quintana, Ángela Becerra, Luz Mary Giraldo, Gabriela Arciniegas, Piedad Bonnett, Yolanda Reyes, et al.





En 1994, en la ciudad de Medellín, Jürgen, un empresario alemán enamorado del futbol callejero, queda horrorizado ante el asesinato de Andrés Escobar, cuya pena de muerte ha sido impuesta por el supuesto delito de meter un autogol. El fútbol no es esto, no puede ser para esto, sino para todo lo contrario, puso el grito en el cielo Jürgen, y se empeñó en idear un método didáctico para niños y niñas, que se valiera del deporte como herramienta de paz. Lo llamó justamente así, Futbol por la Paz. Quiso que lo utilizara libremente todo el que se atuviera a ciertos principios básicos y lo echó a rodar en Open Source. Entre otras manos, llegó a las de la Fundación Futbol Club Barcelona, que lo modificó a su manera convirtiéndolo en FutbolNet, y empezó a implementarlo en sus proyectos sociales en distintas partes del planeta. [...] Su premisa básica: quien tiene valores, gana. Actitud cordial, nada de peleas. Respeto, esfuerzo, humildad, trabajo en equipo. Amistad pese a las diferencias. Juego limpio. Convivencia en paz.

Laura Restrepo, Aquel partido bajo la tormenta, 2018 | Las2Orillas

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Fútbol en dosis ilustradas con Ricardo Piglia [Adrogué, Argentina, 24 de noviembre de 1941–Buenos Aires, 6 de enero de 2017]



Fotografía: Pablo Piovano | Montaje: Esquizosemia


Estoy siempre más atento a los jugadores que a los equipos, a las individualidades más que a la disposición táctica. En el fútbol, como en la literatura, lo que interesa es la creatividad y el estilo.  Empecé a ir a la cancha en 1954 [ese año con mi padre seguimos toda la campaña de Boca Juniors, donde jugaba de enganche —o número 10— el uruguayo Roselló y en el medio de la cancha —con el número 5— el gran Eliseo Mouriño] y en estos sesenta años he visto muchísimos jugadores y muchísimos cambios en el modo de defender o de atacar y de parar a un equipo, pero si tuviera que sintetizar la tradición del fútbol argentino nombraría tres jugadores: Enrique Omar Sívori, Diego Maradona y Lionel Messi.

Son muy parecidos, jugaban igual, entendían el fútbol del mismo modo; son chiquitos nada atléticos, muy individualistas y realizan de memoria y al toque todas las figuras poéticas del fútbol: el arranque, el amague, la apilada, el cambio de ritmo, el chanfle, la gambeta corta, la pisadita, [“la llevan atada”, dicen los muchachos en la popular]; no corren, son rápidos, muy inteligentes, están siempre una milésima de segundo adelante, como si jugaran en el futuro del partido. Aprenden a jugar a la pelota en el potrero, el campito de tierra con el pasto al ras. Juegan con las medias caídas, debutan en Primera a los dieciséis años pero la gente madruga para verlos jugar en la Tercera y se pasan el dato en secreto, como cuando uno lee el primer libro de un joven destinado a cambiar el lenguaje de la poesía.




Esos jugadores vienen así, no necesitan aprender nada, se parecen entre ellos, inventan cada vez el fútbol argentino. Mi padre, que vio jugar a Di Stefano, a Pelé y a Maradona, dijo que nunca había visto un jugador como Adolfo Pedernera, un nueve tirado atrás que jugaba en River; y mi amigo Jorge Herralde, que sabe tanto de libros como de fútbol, todavía se acuerda con admiración de Farro, Pontoni y Martino, los tres delanteros del San Lorenzo que anduvo de gira por España a fines de los años ‘40; y un tío mío decía que Maradona no le ataba los botines a Capote De la Mata, un entreala de Independiente que hizo un gol después de hacer un túnel, una rabona, dos sombreritos y gambetear a media defensa de River. No los vi jugar pero igual los considero parte del estilo histórico del fútbol argentino.

Los jugadores brasileños —Pelé, Didi, Zico. Nilton Santos, Sócrates— son extraordinarios, únicos, pero son distintos — ambeta larga, grandes zancadas, pases al vacío, bola seca—, tienen otro estilo — e parecen más a T. S. Eliot que a Rimbaud y por eso ganan siempre el Premio Nobel—; el resto –los alemanes, los ingleses, los italianos, los holandeses, los españoles– nos gustan, pero nos parecen rústicos, un poco mecánicos, [onda la poesía de Günter Grass], triangulan, corren, todos defienden y hasta ¡se tiran al piso!
  
Aspiro al público deportivo” decía Bertolt Brecht y tenía razón: los hinchas argentinos son apasionados pero muy críticos, los murmullos y los comentarios que se escuchan en la cancha son siempre juicios de expertos. Les basta ver cómo un jugador baja un pase alto o cómo amansa una pelota que viene cuadrada [“le tiró un ladrillo y la devolvió redonda” dicen] para evaluar a un futbolista.  En este Mundial los argentinos iremos a ver a Messi [y al Kun Agüero]. ¿Qué va a pasar? Difícil saberlo. El fútbol es como la vida —decía mi padre—, nunca gana el mejor.

Ricardo Piglia, Los jugadores son como los poetas, 2014 | Página 12

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República Federal de Macondo, Selección Países Nobles & Sacro Imperio de Eurasia | Selecciones de Escritores en la Copa del Mundo de Marca Página


«La del juego más vistoso y alegre, la que pone la fiesta desde el pitazo inicial y arranca suspiros con cada pase. Aunque despierta antipatía en las selecciones rivales, su fanaticada es tan grande que siempre juega de local. Sin embargo, carente de una generación de relevo, su resultado en esta competición es una incógnita.»

República Federal de Macondo

[arriba; izq–der] • Juan Rulfo [1917] Director técnico; Gabriel García Márquez [1927] Centrodelantero; Carlos Fuentes [1928] Volante izquierdo; Mario Vargas Llosa [1936] Centrodelantero; Guillermo Cabrera Infante [1929] Centrocampista; José Lezama Lima [1910] Centrocampista, y Arturo Uslar Pietri [1906] Defensa central.
[abajo; izq–der] • Felisberto Hernández [1902] Defensa central; Alfredo Armas Alfonzo [1921] Defensa lateral izquierdo; Alejo Carpentier [1904] Defensa lateral derecho; Julio Cortázar [1914] Volante derecho, y José Donoso [1924] Portero | Esquema: 4-2-4


  
«Este equipo ha tenido como principio conformar su plantilla con los mejores. En cualquier posición es difícil armar un "todos estrellas" en el que no se mencione, por lo menos, el nombre de un integrante de los naranja. Es, además, el conjunto que mayor cantidad de finales ha disputado. Sin embargo, jamás ha alzado la copa, lo que hace que algunos, incluso, se refieran a una maldición.»


Selección Países Nobles

[arriba; izq–der] • Virginia Woolf [1882] Defensa lateral derecho; Yukio Mishima [1925] Defensa lateral izquierdo; Rómulo Gallegos [1884] Defensa central; James Joyce [1882] Volante izquierdo; Émile Zola [1840] Volante derecho; León Tolstói [1828] Enganche; Federico García Lorca [1898] Portero, y Jean-Paul Sartre [1905] Director técnico. 
[abajo; izq–der] • Paul Valéry [1871] Central; Jorge Luis Borges [1899] Delantero; Marcel Proust [1871] Enganche, y Franz Kafka [1899] Centrocampista | Esquema: 4-3-3



«El campeón defensor llega con la plantilla que le permitió levantar el trofeo en el torneo anterior. Con un juego muy técnico y fiel a los fundamentos del deporte, esta oncena ha crecido en experiencia y solidez. Sin la bulla ni el espectáculo de otras selecciones, Eurasia consigue resultados contundentes y es, lógicamente, un candidato a la reválida.»
Sacro Imperio de Eurasia

[arriba; izq–der] • Homero [s. VIII a.C.] Director técnico; François Rabelais [1494] Central; Sei Shōnagon [966] Centrocampista; Sor Juana Inés de la Cruz [1651] Central; William Shakespeare [1564] Volante derecho, y Johann Wolfgang von Goethe [1749] Centrocampista.
[abajo; izq–der] • Valmiki [s. III-I a.C.] Centrocampista; Dante Alighieri [1265] Volante izquierdo;  Garcilaso de la Vega [1498] Defensa lateral izquierdo; Francisco de Quevedo [1580] Defensa lateral derecho; Miguel de Cervantes Saavedra [1547] Falso Nueve, y George R. R. Martin [1948] Portero | Esquema: 4-1-3-2

Idea original y textos: Hazael Valecillos; Dibujos: Hugo Rodríguez | Revista Marca Página

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Fútbol & Literatura: “Los escritores detrás del balón” Por Juan Manuel Roca | Revista Avianca




Las letras han corrido tras de un balón en innumerables páginas de grandeza y derrota, quizá más que en cualquier otro escenario, llámese ring de boxeo, diamante de beisbol, velódromo o pista de hielo.  Se puede hacer una alineación mundial de escritores de cara a Rusia, una selección pensada a lo largo de un buen tramo de la literatura y el periodismo. Hay mucho dónde elegir, pues el fútbol quizá sea el deporte que más paraliza la atención del mundo. No hay día o noche en que las multitudes no griten la palabra gol pronunciada en el esperanto de la emoción.

 Se sabe que Albert Camus, el gran escritor y pensador afirmaba haber recibido del fútbol tanta influencia como de la literatura. Afirmaba que aprendió desde muchacho que “un balón no llega del lugar en que se espera” y que esto le ayudó en la vida urbana “donde la gente no es sincera” y puede salir, como la pelota, del lado más inesperado. Por ser un muchacho de Argel, nacido en una familia pobre, decidió ser portero de su equipo por la sencilla razón de que en ese sacrificado puesto de guardameta se gastan menos zapatos y así no habría recriminaciones en casa. Creo que tiene el puesto asegurado de portero en esta imaginaria selección. Otro guardameta de las letras podría ser Miguel Hernández, el poeta de Orihuela que hizo un célebre poema titulado Elegía al guardameta para inmortalizar a Lolo Sampedro, un portero suplente de su pueblo.

Juan Manuel Roca, Los escritores detrás del balón, 2018 | Revista Avianca


Fútbol en dosis ilustradas con Jorge Luis Borges [Buenos Aires, 24 de agosto de 1899–Ginebra, 14 de junio de 1986]



Foto-ilustración de Daniel García | AFP

¿Fue alguna vez a ver un partido de fútbol Borges?

Sí, fui una vez y fue suficiente, me bastó para siempre. Fuimos con Enrique Amorim. Jugaban Uruguay y Argentina. Bueno, entramos a la cancha, Amorim tampoco se interesaba por el fútbol y como yo tampoco tenía la menor idea, nos sentamos; empezó el partido y nosotros hablamos de otra cosa, seguramente de literatura. Luego pensábamos que se había terminado, nos levantamos y nos fuimos. Cuando estábamos saliendo alguien me dijo que no, que no había terminado todo el partido, sino el primer tiempo, pero nosotros igual nos fuimos. Ya en la calle yo le dije a Amorim: “Bueno, le voy a hacer una confidencia. Yo esperaba que ganara Uruguay –Amorim era uruguayo– para quedar bien con usted, para que usted se sintiera feliz”. Y Amorim me dijo: “Bueno, yo esperaba que ganara Argentina para quedar, también, bien con usted”. De manera que nunca nos enteramos del resultado de aquello, y los dos nos revelamos como excelentes caballeros. La amistad y el respeto que ambos nos profesábamos estaba por encima de esa pobre circunstancia que era un partido de fútbol.   

[…]
Yo no entiendo cómo se hizo tan popular el fútbol. Un deporte innoble, agresivo, desagradable y meramente comercial. Además es un juego convencional, meramente convencional, que interesa menos como deporte que como generador de fanatismo. Lo único que interesa es el resultado final; yo creo que nadie disfruta con el juego en sí, que también es estéticamente horrible, horrible y zonzo. Son creo que 11 jugadores que corren detrás de una pelota para tratar de meterla en un arco. Algo absurdo, pueril, y esa calamidad, esta estupidez, apasiona a la gente. A mí me parece ridículo.

—Borges. Biografía verbal [1988] Roberto Alfiano en entrevista con J.L. Borges [Fragmento].


Fútbol en dosis ilustradas: “Literatura a la cancha” Por Juan Villoro [2010]




Hago una selección literaria posterior al siglo 17. En la portería se necesita un solitario de inquebrantable ética: Albert Camus. Los laterales deben correr bien y ser ligeros: Italo Calvino y Anton Chéjov. Los centrales deben tener dramática contundencia: Tolstói y Dostoyevski. El medio de contención debe mostrar resistente enjundia: William Faulkner. Los dos medios creativos deben reinventar la fantasía: Jorge Luis Borges y Vladimir Nabokov. El extremo izquierdo debe ser un conocedor de los fantasmas: Juan Rulfo. El centro delantero, un maestro en la economía de efectos: Raymond Carver. El extremo derecho, un artífice capaz de burlar a cualquiera: Georges Peréc.  

Como ven, mi equipo de clásicos modernos juega en 4-3-3. 

Su entrenador debe dominar las causas perdidas (Joseph Conrad), tener un asesor que le plantee escenarios pesimistas (Franz Kafka) y un motivador que le renueve la confianza en los misterios de la vida diaria (Jorge Ibargüengoitia).  

Juan Villoro, Ciudad de México, 2010.


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Fútbol en dosis ilustradas con Antonio Gramsci [Ales, Cerdeña, 22 de enero de 1891–Roma, 27 de abril de 1937]




El fútbol es el reino de la lealtad al aire libre.
Antonio Gramsci


“El juramento” Por Gabriel García Márquez [1950]


entonces resolví asistir al estadio. Como era un encuentro más sonado que todos los anteriores, tuve que irme temprano. Confieso que nunca en mi vida he llegado tan temprano a ninguna parte y que de ninguna tampoco he salido tan agotado. Alfonso y Germán no tomaron nunca la iniciativa de convertirme a esa religión dominical del fútbol, con todo y que ellos debieron sospechar que alguna vez me iba a convertir en ese energúmeno, limpio de cualquier barniz que pueda ser considerado como el último rastro de civilización, que fui ayer en las graderías del municipal. El primer instante de lucidez en que caí en la cuenta de que estaba convertido en un hincha intempestivo, fue cuando advertí que durante toda mi vida había tenido algo de que muchas veces me había ufanado y que ayer me estorbaba de una manera inaceptable: el sentido del ridículo. Ahora me explico por qué esos caballeros habitualmente tan almidonados, se sienten como un calamar en su tinta cuando se colocan, con todas las de la ley, su gorrita a varios colores.


El legendario Grupo de Barranquilla —o ‘La Cueva: Tertuliadero Fútbol Club’—, 
por la izquierda, Gabriel García Márquez, Pepe Dominguín y Alejandro Obregón, 
en el centro con la pelota, Álvaro Cepeda Samudio [1971].


Es que con ese solo gesto, quedan automáticamente convertidos en otras personas, como si la gorrita no fuera sino el uniforme de una nueva personalidad. No sé si mi matrícula de hincha esté todavía demasiado fresca para permitirme ciertas observaciones personales acerca del partido de ayer, pero como ya hemos quedado de acuerdo en que una de las condiciones esenciales del hinchaje es la pérdida absoluta y aceptada del sentido del ridículo, voy a decir lo que vi –o lo que creí ver ayer tarde– para darme el lujo de empezar bien temprano a meter esas patas deportivas que bien guardadas me tenía. En primer término, me pareció que el Junior dominó a Millonarios desde el primer momento. Si la línea blanca que divide la cancha en dos mitades significa algo, mi afirmación anterior es cierta, puesto que muy pocas veces pudo estar la bola, en el primer tiempo, dentro de la mitad correspondiente a la portería del Junior. (¿Qué tal va mi debut como comentarista de fútbol?).

Por otra parte, si los jugadores del Junior no hubieran sido ciertamente jugadores sino escritores, me parece que el maestro Heleno habría sido un extraordinario autor de novelas policíacas. Su sentido del cálculo, sus reposados movimientos de investigador y finalmente sus desenlaces rápidos y sorpresivos le otorgan suficientes méritos para ser el creador de un nuevo detective para la novelística de policía.


‘Gabo’ por Nano [1992] 

Haroldo, por su parte, habría sido una especie de Marcelino Menéndez y Pelayo, con esa facilidad que tiene el brasileño para estar en todas partes a la vez y en todas ellas trabajando, atendiendo simultáneamente a once señores, como si de lo que se tratara no fuera de colocar un gol sino de escribir todos los mamotretos que don Marcelino escribiera. Berascochea habría sido, ni más ni menos, un autor fecundo, pero así hubiera escrito setecientos tomos, todos ellos habrían sido acerca de la importancia de las cabezas de alfiler. Y qué gran crítico de artes habría sido Dos Santos –que ayer se portó como cuatro– cortándole el paso a todos los escribidorcillos que pretendieran llegar, así fuera con los mayores esfuerzos, a la portería de la inmortalidad. De Latour habría escrito versos. Inspirados poemas de largometraje, cosa que no podría decirse de Ary. Porque de Ary no puede decirse nada, ya que sus compañeros del Junior no le dieron oportunidad de demostrar al menos sus más modestas condiciones literarias.

Y esto por no entrar con los Millonarios, cuyo gran Di Stéfano, si de algo sabe, es de retórica. No creo haber perdido nada con este irrevocable ingreso que hoy hago –públicamente– a la santa hermandad de los hinchas. Lo único que deseo, ahora, es convertir a alguien. Y creo que va a ser a mi distinguido amigo, el doctor Adalberto Reyes, a quien voy a convidar a las graderías del Municipal en el primer partido de la segunda vuelta, con el propósito de que no siga siendo –desde el punto de vista deportivo– la oveja descarriada.

—Gabriel García Márquez, 1950.

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“Imágenes de futbol” Por Braulio Gutiérrez Medina [2002] Revista Letras Libres



‘Imágenes de futbol’ Poema visual de Braulio Gutiérrez Medina, 2002.




“El fútbol es un lenguaje con sus prosistas y sus poetas” Por Pier Paolo Pasolini [1971] Diario Il Giorno


Un amable periodista del Europeo me hizo algunas preguntas relativas al debate sobre los problemas lingüísticos que separan artificialmente a los literatos de los periodistas y a los periodistas de los futbolistas. Sin embargo, mis preguntas han sido recortadas en la rotativa (¡debido a las exigencias periodísticas!) y han perdido sustancia. Como el tema me interesa, me gustaría retomarlo con un poco de calma y con plena responsabilidad sobre mis palabras. ¿Qué es una lengua? ‘Un sistema de signos’, responde hoy, con toda exactitud, el semiólogo. Pero ese ‘sistema de signos’ no es sólo ni necesariamente una lengua escrita-hablada (ésta que usamos aquí y ahora, yo escribiendo y tú, lector, leyendo) […] Otro sistema de signos no verbal es el de la pintura; o el del cine; o el de la moda (objeto de estudio de un maestro en este campo, Roland Barthes), etc. El juego del fútbol es un ‘sistema de signos’, una lengua no verbal.


Controlando con la pierna izquierda, Pier Paolo Pasolini [Bolonia, Italia, 5 de marzo de 1922–Ostia, 2 de noviembre de 1975]

En el fútbol hay momentos que son exclusivamente poéticos: los momentos del ‘gol’. Cada gol es siempre una invención, es siempre una perturbación del código: todo gol es ‘ineluctabilidad’, fulguración, estupor, irreversibilidad. Precisamente como la palabra poética. El máximo goleador de un campeonato es siempre el mejor poeta del año.


[…] Un fútbol de prosa: se basa en la sintaxis, en el juego colectivo y organizado, esto es, en la ejecución razonada del código. Su único momento poético es el contraataque que culmina en un gol (que, como hemos visto, no puede más que ser poético). En definitiva, el momento poético del fútbol parece ser (como siempre) el momento individualista (regate y gol; o pase inspirado). 

El fútbol en prosa es el del sistema (el fútbol europeo): su esquema es el siguiente:




El gol se encomienda a la conclusión de la que, a ser posible, se encarga un poeta realista como Riva, pero debe derivar de una organización de juego colectivo, basado en una serie de pases geométricos ejecutados según las reglas del código (Rivera en esto es perfecto; a Brera no le gusta porque se trata de una perfección un poco estetizante y no realista, como ocurre con los centrocampistas ingleses o alemanes).

El fútbol poético es el del fútbol latinoamericano. Su esquema es el siguiente:




La realización de este esquema requiere una capacidad monstruosa de driblar (algo que en Europa se repudia en nombre de la «prosa colectiva») y cualquiera puede inventar el gol desde cualquier posición. El regate y el gol son los momentos individualistas—poéticos del fútbol; por eso el fútbol brasileño es un fútbol de poesía. Sin hacer juicios de valor, en un sentido puramente técnico, en México la poesía brasileña ha ganado a la prosa estetizante italiana.

Pier Paolo Pasolini, “Il calcio ‘è’ un linguaggio con i suoi poeti e prosatori”, Periódico Il Giorno, 3 de enero de 1971.


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Fútbol en dosis ilustradas con Vladimir Nabokov [San Petersburgo, Rusia, 22 de abril de 1899–Montreux, Suiza, 2 de julio de 1977]


De todos los deportes que practiqué en Cambridge, el fútbol ha seguido siendo un viento claro en mitad de un período notablemente confuso. Me apasionaba jugar de portero. En Rusia y los países latinos ese intrépido arte ha estado rodeado siempre de un aura de singular luminosidad. Distante, solitario, impasible, el portero famoso es perseguido por las calles por niños en éxtasis. Está a la misma altura que el torero y el as de la aviación en lo que se refiere a la emocionada adulación que suscita. Su jersey, su gorra de visera, sus rodilleras, los guantes que asoman por el bolsillo trasero de sus pantalones cortos, lo colocan en un lugar aparte del resto. Es el águila solitaria, el hombre misterioso, el último defensor.

Los fotógrafos, doblando reverentemente una rodilla, le sacan instantáneas cuando se lanza espectacularmente en plancha hacia un extremo de la meta para desviar con la punta de los dedos un disparo raso y veloz como un rayo, y el estadio entero ruge de aprobación mientras él permanece unos instantes tendido en el mismo lugar donde ha caído, intacta aún su portería.

Pero en Inglaterra, como mínimo en la Inglaterra de mi juventud, el miedo nacional al exhibicionismo y la exageradamente inflexible preocupación por la solidez de la labor de equipo no permitieron que se desarrollase el excéntrico arte del guardameta. Esta fue al menos la explicación que conseguí desenterrar cuando traté de enterarme de por qué motivo no disfrutaba yo de un tremendo éxito en los campos de fútbol de Cambridge.


Nabokov, el #1, el portero, ‘el águila solitaria’ del equipo de fútbol de la Universidad de Cambridge.

Oh, desde luego tuve mis días brillantes y vigorosos: el magnífico olor del césped, aquel famoso delantero del campeonato universitario que se me aproximaba cada vez más sorteando defensas, empujando el leonado balón con la punta de su centelleante bota, y después el disparo envenenado, la afortunada parada, la prolongada comezón… Pero hubo otras jornadas, más memorables, más esotéricas, bajo tristes cielos, con las inmediaciones de la meta convertidas en una masa de barro negro, el balón tan resbaladizo como un budín de ciruela, y mi cabeza despistada por la neuralgia, tras una noche insomne de versificación. En esos días apenas si daba malos manotazos y acababa recogiendo el balón junto a la red. Compasivamente el juego pasaba a desarrollarse en el otro extremo del encharcado terreno. Comenzaba a caer una llovizna cansina, vacilaba, y volvía a empezar. Con una ternura casi arrulladora en su asordinado graznar, unos grajos en baja forma aleteaban en torno a un olmo deshojado. Se iba espesando la neblina.

El partido no era más que una vaga agitación de cabezas junto a la remota portería del St. John o del Christ College, o cualquiera que fuese nuestro rival. Los lejanos y confusos sonidos, un grito, un toque de silbato, el golpe seco de un chut, nada de todo aquello tenía importancia o relación conmigo. Ya no era tanto el guardián de una portería de fútbol como el guardián de un secreto.

Cruzados los brazos, apoyaba mi espalda en el poste izquierdo, disfrutaba del lujo de cerrar los ojos y escuchaba los latidos de mi corazón, notaba la ciega llovizna en mi cara, oía, alejados, los ruidos sueltos del partido, y me veía a mí mismo como un fabuloso ser exótico disfrazado de futbolista inglés, que componía versos en un idioma que nadie entendía, acerca de un país que nadie conocía. No era de extrañar que no gozase de muy buena reputación entre mis compañeros de equipo.

Vladimir Nabokov, Habla, memoria. Una autobiografía revisitada, [Fragmento] Editorial Anagrama, 1986.


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“La alienación del 1. FC Nürnberg” Por Peter Handke [1968]



Die Aufstellung des 1. FC Nürnberg’ Poema concreto de Peter Handke, 1968.




“El balón y la cabeza” Por Juan Villoro [2002] Revista Letras Libres


El oficio de chutar balones está plagado de lacras. Levantemos veloz inventario de lo que no se alivia con el botiquín del masajista: el nacionalismo, la violencia en los estadios, la comercialización de la especie y lo mal que nos vemos con la cara pintada. Todo esto merece un obvio voto de censura. Pero no se puede luchar contra el gusto de figurarnos cosas. Cada aficionado encuentra en el partido un placer o una perversión a su medida. En un mundo donde el erotismo va de la poesía cátara a los calzones comestibles, no es casual que se diversifiquen las reacciones. Los irlandeses aceptan el bajo rendimiento de su selección como un estupendo motivo para beber cerveza, los mexicanos nos celebramos a nosotros para no tener que celebrar a nuestro equipo, los brasileños enjugan sus lágrimas en banderas king-size cuando sólo consiguen el subcampeonato y los italianos lanzan el televisor por la ventana si Baggio falla un penal. [La mente da en el poste]




El crack sólo existe rodeado de cierto dramatismo. Aunque las biografías de los futbolistas nunca son tan tristes como las de las patinadoras en hielo, hay que haber sufrido lo suficiente para tener ganas de patear al ángulo. En 1998, durante el Mundial de Francia, asistí a un entrenamiento de Brasil. De pronto, Giovanni y Rivaldo se apartaron del conjunto y jugaron a dispararle al larguero. Giovanni acertó 12 veces seguidas y Rivaldo 11. Ningún humano nace con tal capacidad de teledirección. Se requiere de un pasado roto o necesitado o muy extraño para alcanzar tan obsesivo virtuosismo. Como la caminata o el ballet, el futbol permite sublimar el sufrimiento con molestias físicas. Quienes tienen poca habilidad para convertir sus traumas en toques acaban de defensas; quienes tienen más problemas que talento, se especializan en la variante futbolística del performance: romper el juego y los tobillos. [El sentido de la tragedia]



Un lance de Francia 98 ayuda a comprender el poderío de la pantomima. Diego Simeone, el argentino que ha sido símbolo de entrega en el Atlético de Madrid y el Inter de Milán, mostró su amor a las candilejas en el partido contra Inglaterra. La justa había despertado tanto interés como si ahí se dirimiera el destino de las Malvinas. El primer tiempo rebasó todas las expectativas con un peleado 2 a 2 y un gol de museo del novato Michael Owen. Sin embargo, en el segundo acto David Beckham, dueño de un refinamiento en el chut sólo superado por su corte de pelo, sufrió un encontronazo con el Cholo Simeone. Beckham le lanzó una patada discreta pero intencionada. Hasta aquí todo entraba en la rijosa lógica del reino animal. Entonces llegó la isabelina venganza de Simeone: el Cholo se desplomó como un ensartado Mercutio. Gracias a este gesto, la merecida tarjeta de amonestación alcanzó el rubor de la expulsión. Un par de años después, con motivo de un Manchester-Inter, que volvió a enfrentar a Beckham y a Simeone, el argentino reconoció su treta. Si uno de los mejores se disfraza de comediante, ya podemos suponer lo que ocurre con quienes no disponen de otro recurso que el dramatismo. Como aquel doble que sucumbió doscientas veces, ciertos futbolistas sobreviven a base de muertes transitorias. [Futbol teatral]

Juan Villoro, 2002.


Fútbol en dosis ilustradas con Roberto Bolaño [Santiago de Chile, 28 de abril de 1953–Barcelona, 15 de julio de 2003]



Ilustración de Juan Pablo Gaviria Bedoya

Mi experiencia como jugador de fútbol nunca fue del todo comprendida ni por los espectadores ni por mis compañeros de equipo. A mí siempre me pareció más interesante marcar un autogol que un gol. Un gol salvo si uno se llama Pelé o Didí o Garrincha, es algo eminentemente vulgar y muy descortés con el arquero contrario, a quien no conoces y que no te ha hecho nada, mientras que un autogol es un gesto de independencia. 
Aclaras ante tus compañeros y ante el público, que tu juego es otro.

Roberto Bolaño, Bolaño por sí mismo [Entrevistas escogidas]. Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2006.