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Diario Viral/Viral Diary por Sergio Díaz-Luna | ​#learning disease #panic-gogy #online teaching #online education #screen to screen instruction #synchronous writing #asynchronous thinking #distance education ​#teaching online classes



Panic-gogy por S. Díaz-Luna*


[fragmento]

10:00 a.m.
Con un click mágico los estudiantes iban apareciendo a través del cristal. Incrédulo, yo trataba de silenciar la electrizante intoxicación de saludos y emojis que empezaban a inundar el pequeño recuadro al lado derecho de la pantalla, tipeando tan rápido como mis dedos me lo permitían y repasando ansioso las erratas que infaliblemente la premura parecía estimular antes de pulsar “enter”. Temiendo que el entusiasmo que nos animaba se desvaneciera en medio de aquella pandemia asombrosa de exclamaciones y símbolos, me adelanté a darles la bienvenida a nuestra primera clase “en línea”. Entonces, abrí el pdf del syllabus en la pantalla e indiqué, nuevamente en el recuadro de la parte inferior, el tema de la clase que habíamos programado para hoy. Removí el documento y sentí que mis palabras se desvanecían con él, como un espejismo.
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10:05 a.m.
Recién expliqué los objetivos de la clase, arrastré hacia mí la pila de libros que usualmente hubiera dispuesto sobre el escritorio de nuestro salón y con un gesto premeditado, elegí el ejemplar que tenía el tamaño justo para que mi rostro no saliera de cuadro. No tardaron en desvanecerse sus intervenciones en el chat. Esperaba que reconocieran el libro mudo, abierto. La imagen se fue opacando. Consumado por la incertidumbre de no saber si seguían ahí “conmigo”, ausculté la teoría del día en dos frases, repasé en voz alta un par de fragmentos y cuando terminé de leer esperé, esperé. Mis comentarios fueron dejando intacta la “zona de participación”. El número de asistentes en el chat no descendió, pero por los siguientes quince minutos fue intermitente, problemas de la conectividad remota, pensé.




10:20 a.m.
Como un pliegue transparente la ventanita que me indicaba su presencia o por lo menos, que estaban escuchando con virtual atención, permanecía inmóvil. Si no había preguntas en las sesiones “face-to-face”, ¿por qué debería haberlas en la sesión a distancia? Esperé, esperé. El gris de la pantalla produjo un vacío, una espiral radioactiva que nos succionó. Caímos en cuarentena por unos minutos. Repasé de reojo y en voz alta otros fragmentos. El gato saltó sobre la mesa, estilizado y descortés cruzó por encima de los libros frente a la cámara, entonces una coreografía internáutica de emojis celebró la hostilidad de plastilina del gato, después de la cual los estudiantes volvieron a atrincherarse detrás de sus pantallas. Volví a la carga desplegando otro pdf con preguntas para la siguiente sesión. Cabizbajo todavía sobre el libro, quemé una despedida lenta a golpe de tecla, levanté la cabeza frente a la cámara y dibujé una sonrisa vaporosa mientras les daba las gracias por “haber atendido” nuestra primera clase virtual.


10:30 a.m.
Un segundo después la alarma indicó los treinta minutos, entonces con dificultad, casi extinguido de la mente, atropellé mis dedos sobre el teclado para ocultar la cámara. Cerré el chat. Absorto, palpé con mis ojos los lomos de los libros, parecía que habían envejecido. Me tomó un instante encontrarme con mi reflejo contrariado sobre la pantalla oscura. Sin razón aparente, el gato vino a enrollarse sobre mis piernas desencadenando la tentación de incorporarme. Parecía que me devolvía una sonrisa. Como restos de arena, como un idioma perdido, todo enmudeció.


*Sergio Díaz-Luna es literato especialista en teoría crítica y editor cofundador de RedNEL Colombia. En 2007 recibió el Premio Asociación de Academias de la Lengua Española. Actualmente es profesor de español y literatura latinoamericana en la Universidad de Longwood (EE.UU.).



Días de alarma por Víctor Coyote: Diario Visual del Confinamiento | Coyote Alarma & El Volcán Música [Instagram + Facebook]





Empiezan los Días de alarma. Y Víctor Coyote los numera en una serie secuencial, con un punto cinematográfico. «Es como un travelling», compara el dibujante y músico, que en un mundo sin COVID-19 debería estar cantando, presentando su último disco Las comarcales, rock clásico y ritmos latinos. Pero cada día dibuja escenas de la nueva cotidianidad: la extrañeza de un mundo apocalíptico, tirar la basura, el rider que cruza la ciudad para entregar unos nuggets, el discurso del rey, las mascarillas-pirata [...] 




«Algunas tienen un tono más humorístico, otras son más serias o plantean preguntas. Ayudan a que sacar conclusiones, a veces duras con nosotros mismos», explica Coyote desde su casa en Madrid. La estética de su cómic en construcción, en amarillo y rojo, con una trama densa, «tiene un punto azufroso, un poco pesadillesco, pero remite al cómic clásico y también desprende cierta belleza», señala. Y se adapta al formato cuadrado de Instagram, casi como las viñetas de los álbumes francobelgas. | Viñetas de cuarentena, El Mundo





Postales del Coronavirus: Diario Colectivo Escrito & Visual | The New York Times [en español]



Iván Alvarado/Reuters


Postales del coronavirus es un diario colectivo escrito y visual para afirmar que no estamos solos en esta era de incertidumbre. Es una apuesta por dos de las capacidades que nos definen como seres humanos: la comunicación y la empatía. La premisa es simple: no importa cuán remota sea nuestra ubicación o lo aislados que estemos, podemos compartir experiencias, visiones y sensaciones sobre la pandemia que nos acercan como individuos y comunidad.


Ilustración de Paula Barragán


La serie se nutrirá cada día durante un mes con una nueva postal de artistas, periodistas, fotógrafos, escritores, alternando formatos y géneros. Postales del coronavirus es un proyecto instigado y coordinado por el artista ecuatoriano Pablo Corral Vega, director del concurso de fotografía POY Latam. A largo plazo, se propone ser un mosaico de voces ciudadanas y un testimonio polifónico de un periodo marcado por el miedo, el aislamiento y la inseguridad, pero también por la esperanza, el altruismo y la solidaridad.


Inti Ocon/Agence France-Presse — Getty Images



“Que las letras te acompañen”: Iniciativa de la RAE en Redes Sociales | Real Academia Española





La Real Academia Española [RAE] lanza una iniciativa en sus redes sociales para compartir palabras que nos acompañen en estos tiempos difíciles y nos reconforten ante la incertidumbre: «Que las letras te acompañen». 


Una de las muchas palabras con a con la que nos alegra el español es el verbo apapachar. Se usa en algunas zonas con el significado de ‘dar abrazos’. 




B - brezar
Con la B sugerimos brezar ‘acunar a alguien o mecer algo’. Así usó el verbo Unamuno: «¡Qué dulzura debe de ser olvidarse de la vida y de la muerte entre sus brazos!, ¡dejarse brezar en ellos como en olas de carne!».




En la C seguimos con Unamuno, quien creó la voz cocotología (del francés cocotte ‘pajarita de papel’) para denominar su amado arte de hacer pajaritas de papel. Practicar la cocotología puede servir como distracción estos días.



Bajo la etiqueta #QueLasLetrasTeAcompañen, en nuestras redes sociales de la Real Academia Española (Twitter, Facebook e Instagram) repasaremos todas las letras del abecedario, con una grafía especial, y propondremos a nuestros seguidores palabras que pueden hacernos sentir mejor en estos momentos tan complicados que estamos viviendo. Día a día, iremos desgranando letra a letra y palabra a palabra buscando la participación de los usuarios, con el fin de compartir entre toda nuestra comunidad ese aliento que puede proporcionar la riqueza de nuestra lengua a través de los valores que representa.



The Quarantine Diaries: Art in Isolation & Corona House #coronamaison | The New York Times





The Quarantine Diaries: [fragment] As the coronavirus continues to spread and confine people largely to their homes, many are filling pages with their experiences of living through a pandemic. Their diaries are told in words and pictures: pantry inventories, window views, questions about the future, concerns about the present. | Amelia Nierenberg


Ilustración: Lulu BTX


Ilustración: Margro Ox


Ilustración: Luz Teal


Ilustración: Maggirepsbfc



“Sin descendencia: Escritoras singulares (& plurales)” con V. Gornick, J. Winterson, G. Stein, M. Di Giorgio, S. Ocampo, H. Hilst, et al. en Suplementos Gráficos: Textos de Andrea Valdés/Ilustraciones de Luis Paadin | Babelia, El País





Gertrude Stein: trinchar un asado es como tocar el chelo | No hay nada malo en aplazar lecturas. La periodista Janet Malcolm lo hizo varias veces con Ser norteamericanos, ese denso monumento que escribió Gertrude Stein sobre su familia y que en determinados fragmentos suena como un grifo cuando pierde agua. Tras intentarlo varias veces y quedarse varada en las primeras páginas, la citada Malcom encontró una solución: descuartizó su ejemplar con un cuchillo de cocina, partiéndolo literalmente en seis pedazos para que sus casi mil páginas le resultasen, al fin, algo más digeribles. Es lo que tiene enfrentarse a una autora modernista con flequillo y sandalias de emperador romano conocida, entre otras cosas, por querer trasladar al texto la autonomía de la pintura, lo que en 1914 equivaldría a remontar un barco por la selva amazónica. De ahí que algunos no la tomaran muy en serio. En una carta, un editor emuló medio en broma su estilo: «Soy solamente uno, solo uno, solo uno. Solo un individuo, uno cada vez. No dos, no tres, solo uno. (...) Siendo solamente uno, teniendo solamente un par de ojos, teniendo un solo tiempo, una sola vida, no puedo leer su manuscrito tres o cuatro veces. Ni siquiera una vez. Solo un vistazo, un vistazo es suficiente. Ni una copia se vendería. Ni una. Ni una sola». Quizás el error que cometió el autor de esta nota fue pensar que Gertrude Stein escribía en inglés cuando, en realidad, estaba inventando otro idioma. [fragmento]




Vivian Gornick y Jeanette Winterson: aguafiestas | Supongamos que a la escritora Elizabeth Costello le saliera preguntarse qué sentido tiene la lectura cuando una no espera gran cosa de la civilización. La respuesta es muy sencilla: ninguno. E imagino que éste sería su punto de partida, desde donde empezaría a hablar. Es decir, alejada del cliché de quienes recurren a los libros como vía de escape porque su presente les defrauda. Insistiría en que no hay nada menos parecido a la resignación que un lector atento. Otra cosa es Emma Bovary cuya dependencia acabó anulándola como persona y, por supuesto, como lectora, así que hablar de ella es hablar de una adicción, con todas las distorsiones que conlleva. No en vano, madame Bovary se chutaba folletines, no grandes clásicos, y no porque le entrasen con suma facilidad, que también, sino porque era lo que tenía al alcance. Las elecciones del adicto suelen hacerse en función de este criterio que además de limitado tiende a ser frustrante. Quizás, por eso, Elizabeth Costello se interesara antes por otras figuras como la de Molly Bloom. O al menos eso nos vendió J. M. Coetzee, al inventarse a esta autora y darle voz en un gran libro que se estructura en varias conferencias en las que habla del realismo, la responsabilidad de los poetas y nuestra relación con los animales, lo que a su vez me hizo pensar en qué diría este personaje sobre las memorias de Vivian Gornick y Jeanette Winterson. [fragmento]




Con polvo bajo las uñas | Hay quien escribe como si despertase de un gran letargo y saciara su sed con el agua que se estanca al fondo, la que pudriéndose alimenta a las flores. Y aquí pienso en Marosa di Giorgio, Silvina Ocampo y Hilda Hilst. Tres mujeres tan misteriosas como lo fueron sus obras, que de inocentes tienen muy poco, aunque se nos invitara a creer lo contrario por aparecer entre hadas, muñecas viejas y pistas de tenis. Aviso: no es más que el envoltorio. Su lectura deja poso. Es más, con esos nombres ¿quién iba esperar otra cosa? Claro que nada indica que se los inventaran. Si hasta parece que fue al revés, que escribieron para estar a su altura, como quien obedece a un designio. [fragmento]


Autores en Dominio Público 2019: A. Artaud, A. Christie, M. Duchamp, K. Schwitters, M. Proust, J. Steinbeck, S. Eisenstein, R. Kipling, J. Conrad, D.H. Lawrence, W. Stevens, et al. | The Public Domain Review, Biblioteca Nacional de España, Duke University & Wikipedia






Atrás [izq. a der.] Mervyn Peake; Martin Luther King Jr.; Marcel Duchamp.
Medio [izq. a der.] Kurt Schwitters; John Steinbeck; Helen Keller; Maria Olga de Moraes Sarmento da Silveira.
Abajo [izq. a der.] Ruth Benedict; Sergei Eisenstein; Antonin Artaud; D. W. Griffith.



Theft! A History of Music is a graphic novel laying out a 2000-year long history
of musical borrowing from Plato to rap. | Duke University, Public Domain







Hace casi un siglo, el editor Alfred A. Knopf publicó un librito de fábulas espirituales escrito por un desconocido poeta y pintor libanés-estadounidense llamado Khalil Gibran. Knopf tenía pocas expectativas e imprimió unos 1500 ejemplares. Para su gran sorpresa, el libro —llamado El profeta— prosperó. Se convirtió en un gran éxito y vendió más de nueve millones de ejemplares solo en Estados Unidos. Hasta hoy, la editorial que aún conserva el nombre de Knopf ha conservado los derechos del título en esa región. Pero eso cambió esta semana, cuando El profeta pasó a ser del dominio público, junto con otras obras de miles de artistas y escritores, una lista que incluyen a Marcel Proust, Willa Cather, D.H. Lawrence, Agatha Christie, Joseph Conrad, Edith Wharton, P.G. Wodehouse, Rudyard Kipling, Katherine Mansfield, Robert Frost y Wallace Stevens. | La Nación




Calendario de Autores en Dominio Público | Le Calendrier de l’Avent du Domaine Public





La protección que la ley colombiana otorga al Derecho de Autor se realiza sobre todas las formas en que se puede expresar las ideas, no requiere ningún registro y perdura durante toda la vida del autor, más 80 años después de su muerte, después de lo cual pasa a ser de dominio público. Ver: Dirección Nacional del Derecho de Autor

En el caso de España, los derechos de explotación de una obra subsisten 70 años después de la muerte del autor y se computan desde el 1 de enero del año siguiente al de la muerte o declaración de su fallecimiento. Una vez transcurrido el citado plazo, las obras pasan a dominio público. Ver: Dominio Público Wikipedia



Selección Colombia de Escritoras: Laura Restrepo, Melba Escobar, Andrea Echeverri, Carolina Sanín, Fanny Buitrago, Pilar Quintana, Ángela Becerra, Luz Mary Giraldo, Gabriela Arciniegas, Piedad Bonnett, Yolanda Reyes, et al.





“En 1994, en la ciudad de Medellín, Jürgen, un empresario alemán enamorado del futbol callejero, queda horrorizado ante el asesinato de Andrés Escobar, cuya pena de muerte ha sido impuesta por el supuesto delito de meter un autogol. El fútbol no es esto, no puede ser para esto, sino para todo lo contrario, puso el grito en el cielo Jürgen, y se empeñó en idear un método didáctico para niños y niñas, que se valiera del deporte como herramienta de paz. Lo llamó justamente así, Futbol por la Paz. Quiso que lo utilizara libremente todo el que se atuviera a ciertos principios básicos y lo echó a rodar en Open Source. Entre otras manos, llegó a las de la Fundación Futbol Club Barcelona, que lo modificó a su manera convirtiéndolo en FutbolNet, y empezó a implementarlo en sus proyectos sociales en distintas partes del planeta. [...] Su premisa básica: quien tiene valores, gana. Actitud cordial, nada de peleas. Respeto, esfuerzo, humildad, trabajo en equipo. Amistad pese a las diferencias. Juego limpio. Convivencia en paz.”

—Laura Restrepo, Aquel partido bajo la tormenta, 2018 | Las2Orillas

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Fútbol en dosis ilustradas con Ricardo Piglia [Adrogué, Argentina, 24 de noviembre de 1941–Buenos Aires, 6 de enero de 2017]



Fotografía: Pablo Piovano | Montaje: Esquizosemia


“Estoy siempre más atento a los jugadores que a los equipos, a las individualidades más que a la disposición táctica. En el fútbol, como en la literatura, lo que interesa es la creatividad y el estilo.  Empecé a ir a la cancha en 1954 [ese año con mi padre seguimos toda la campaña de Boca Juniors, donde jugaba de enganche —o número 10— el uruguayo Roselló y en el medio de la cancha —con el número 5— el gran Eliseo Mouriño] y en estos sesenta años he visto muchísimos jugadores y muchísimos cambios en el modo de defender o de atacar y de parar a un equipo, pero si tuviera que sintetizar la tradición del fútbol argentino nombraría tres jugadores: Enrique Omar Sívori, Diego Maradona y Lionel Messi.

Son muy parecidos, jugaban igual, entendían el fútbol del mismo modo; son chiquitos nada atléticos, muy individualistas y realizan de memoria y al toque todas las figuras poéticas del fútbol: el arranque, el amague, la apilada, el cambio de ritmo, el chanfle, la gambeta corta, la pisadita, [“la llevan atada”, dicen los muchachos en la popular]; no corren, son rápidos, muy inteligentes, están siempre una milésima de segundo adelante, como si jugaran en el futuro del partido. Aprenden a jugar a la pelota en el potrero, el campito de tierra con el pasto al ras. Juegan con las medias caídas, debutan en Primera a los dieciséis años pero la gente madruga para verlos jugar en la Tercera y se pasan el dato en secreto, como cuando uno lee el primer libro de un joven destinado a cambiar el lenguaje de la poesía.




Esos jugadores vienen así, no necesitan aprender nada, se parecen entre ellos, inventan cada vez el fútbol argentino. Mi padre, que vio jugar a Di Stefano, a Pelé y a Maradona, dijo que nunca había visto un jugador como Adolfo Pedernera, un nueve tirado atrás que jugaba en River; y mi amigo Jorge Herralde, que sabe tanto de libros como de fútbol, todavía se acuerda con admiración de Farro, Pontoni y Martino, los tres delanteros del San Lorenzo que anduvo de gira por España a fines de los años ‘40; y un tío mío decía que Maradona no le ataba los botines a Capote De la Mata, un entreala de Independiente que hizo un gol después de hacer un túnel, una rabona, dos sombreritos y gambetear a media defensa de River. No los vi jugar pero igual los considero parte del estilo histórico del fútbol argentino.

Los jugadores brasileños —Pelé, Didi, Zico. Nilton Santos, Sócrates— son extraordinarios, únicos, pero son distintos — ambeta larga, grandes zancadas, pases al vacío, bola seca—, tienen otro estilo — e parecen más a T. S. Eliot que a Rimbaud y por eso ganan siempre el Premio Nobel—; el resto –los alemanes, los ingleses, los italianos, los holandeses, los españoles– nos gustan, pero nos parecen rústicos, un poco mecánicos, [onda la poesía de Günter Grass], triangulan, corren, todos defienden y hasta ¡se tiran al piso!
  
“Aspiro al público deportivo” decía Bertolt Brecht y tenía razón: los hinchas argentinos son apasionados pero muy críticos, los murmullos y los comentarios que se escuchan en la cancha son siempre juicios de expertos. Les basta ver cómo un jugador baja un pase alto o cómo amansa una pelota que viene cuadrada [“le tiró un ladrillo y la devolvió redonda” dicen] para evaluar a un futbolista.  En este Mundial los argentinos iremos a ver a Messi [y al Kun Agüero]. ¿Qué va a pasar? Difícil saberlo. El fútbol es como la vida —decía mi padre—, nunca gana el mejor.”

—Ricardo Piglia, Los jugadores son como los poetas, 2014 | Página 12

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República Federal de Macondo, Selección Países Nobles & Sacro Imperio de Eurasia | Selecciones de Escritores en la Copa del Mundo de Marca Página


«La del juego más vistoso y alegre, la que pone la fiesta desde el pitazo inicial y arranca suspiros con cada pase. Aunque despierta antipatía en las selecciones rivales, su fanaticada es tan grande que siempre juega de local. Sin embargo, carente de una generación de relevo, su resultado en esta competición es una incógnita.»

República Federal de Macondo

[arriba; izq–der] • Juan Rulfo [1917] Director técnico; Gabriel García Márquez [1927] Centrodelantero; Carlos Fuentes [1928] Volante izquierdo; Mario Vargas Llosa [1936] Centrodelantero; Guillermo Cabrera Infante [1929] Centrocampista; José Lezama Lima [1910] Centrocampista, y Arturo Uslar Pietri [1906] Defensa central.
[abajo; izq–der] • Felisberto Hernández [1902] Defensa central; Alfredo Armas Alfonzo [1921] Defensa lateral izquierdo; Alejo Carpentier [1904] Defensa lateral derecho; Julio Cortázar [1914] Volante derecho, y José Donoso [1924] Portero | Esquema: 4-2-4


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«Este equipo ha tenido como principio conformar su plantilla con los mejores. En cualquier posición es difícil armar un "todos estrellas" en el que no se mencione, por lo menos, el nombre de un integrante de los naranja. Es, además, el conjunto que mayor cantidad de finales ha disputado. Sin embargo, jamás ha alzado la copa, lo que hace que algunos, incluso, se refieran a una maldición.»


Selección Países Nobles

[arriba; izq–der] • Virginia Woolf [1882] Defensa lateral derecho; Yukio Mishima [1925] Defensa lateral izquierdo; Rómulo Gallegos [1884] Defensa central; James Joyce [1882] Volante izquierdo; Émile Zola [1840] Volante derecho; León Tolstói [1828] Enganche; Federico García Lorca [1898] Portero, y Jean-Paul Sartre [1905] Director técnico. 
[abajo; izq–der] • Paul Valéry [1871] Central; Jorge Luis Borges [1899] Delantero; Marcel Proust [1871] Enganche, y Franz Kafka [1899] Centrocampista | Esquema: 4-3-3


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«El campeón defensor llega con la plantilla que le permitió levantar el trofeo en el torneo anterior. Con un juego muy técnico y fiel a los fundamentos del deporte, esta oncena ha crecido en experiencia y solidez. Sin la bulla ni el espectáculo de otras selecciones, Eurasia consigue resultados contundentes y es, lógicamente, un candidato a la reválida.»
Sacro Imperio de Eurasia

[arriba; izq–der] • Homero [s. VIII a.C.] Director técnico; François Rabelais [1494] Central; Sei Shōnagon [966] Centrocampista; Sor Juana Inés de la Cruz [1651] Central; William Shakespeare [1564] Volante derecho, y Johann Wolfgang von Goethe [1749] Centrocampista.
[abajo; izq–der] • Valmiki [s. III-I a.C.] Centrocampista; Dante Alighieri [1265] Volante izquierdo;  Garcilaso de la Vega [1498] Defensa lateral izquierdo; Francisco de Quevedo [1580] Defensa lateral derecho; Miguel de Cervantes Saavedra [1547] Falso Nueve, y George R. R. Martin [1948] Portero | Esquema: 4-1-3-2

Idea original y textos: Hazael Valecillos; Dibujos: Hugo Rodríguez | Revista Marca Página

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Fútbol & Literatura: “Los escritores detrás del balón” Por Juan Manuel Roca | Revista Avianca




“Las letras han corrido tras de un balón en innumerables páginas de grandeza y derrota, quizá más que en cualquier otro escenario, llámese ring de boxeo, diamante de beisbol, velódromo o pista de hielo.  Se puede hacer una alineación mundial de escritores de cara a Rusia, una selección pensada a lo largo de un buen tramo de la literatura y el periodismo. Hay mucho dónde elegir, pues el fútbol quizá sea el deporte que más paraliza la atención del mundo. No hay día o noche en que las multitudes no griten la palabra gol pronunciada en el esperanto de la emoción.

 Se sabe que Albert Camus, el gran escritor y pensador afirmaba haber recibido del fútbol tanta influencia como de la literatura. Afirmaba que aprendió desde muchacho que “un balón no llega del lugar en que se espera” y que esto le ayudó en la vida urbana “donde la gente no es sincera” y puede salir, como la pelota, del lado más inesperado. Por ser un muchacho de Argel, nacido en una familia pobre, decidió ser portero de su equipo por la sencilla razón de que en ese sacrificado puesto de guardameta se gastan menos zapatos y así no habría recriminaciones en casa. Creo que tiene el puesto asegurado de portero en esta imaginaria selección. Otro guardameta de las letras podría ser Miguel Hernández, el poeta de Orihuela que hizo un célebre poema titulado Elegía al guardameta para inmortalizar a Lolo Sampedro, un portero suplente de su pueblo.”

—Juan Manuel Roca, Los escritores detrás del balón, 2018 | Revista Avianca

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“Imágenes de futbol” Por Braulio Gutiérrez Medina [2002] Revista Letras Libres



‘Imágenes de futbol’ Poema visual de Braulio Gutiérrez Medina, 2002.


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Fútbol en dosis ilustradas con Vladimir Nabokov [San Petersburgo, Rusia, 22 de abril de 1899–Montreux, Suiza, 2 de julio de 1977]


“De todos los deportes que practiqué en Cambridge, el fútbol ha seguido siendo un viento claro en mitad de un período notablemente confuso. Me apasionaba jugar de portero. En Rusia y los países latinos ese intrépido arte ha estado rodeado siempre de un aura de singular luminosidad. Distante, solitario, impasible, el portero famoso es perseguido por las calles por niños en éxtasis. Está a la misma altura que el torero y el as de la aviación en lo que se refiere a la emocionada adulación que suscita. Su jersey, su gorra de visera, sus rodilleras, los guantes que asoman por el bolsillo trasero de sus pantalones cortos, lo colocan en un lugar aparte del resto. Es el águila solitaria, el hombre misterioso, el último defensor.

Los fotógrafos, doblando reverentemente una rodilla, le sacan instantáneas cuando se lanza espectacularmente en plancha hacia un extremo de la meta para desviar con la punta de los dedos un disparo raso y veloz como un rayo, y el estadio entero ruge de aprobación mientras él permanece unos instantes tendido en el mismo lugar donde ha caído, intacta aún su portería.

Pero en Inglaterra, como mínimo en la Inglaterra de mi juventud, el miedo nacional al exhibicionismo y la exageradamente inflexible preocupación por la solidez de la labor de equipo no permitieron que se desarrollase el excéntrico arte del guardameta. Esta fue al menos la explicación que conseguí desenterrar cuando traté de enterarme de por qué motivo no disfrutaba yo de un tremendo éxito en los campos de fútbol de Cambridge.


Nabokov, el #1, el portero, ‘el águila solitaria’ del equipo de fútbol de la Universidad de Cambridge.

Oh, desde luego tuve mis días brillantes y vigorosos: el magnífico olor del césped, aquel famoso delantero del campeonato universitario que se me aproximaba cada vez más sorteando defensas, empujando el leonado balón con la punta de su centelleante bota, y después el disparo envenenado, la afortunada parada, la prolongada comezón… Pero hubo otras jornadas, más memorables, más esotéricas, bajo tristes cielos, con las inmediaciones de la meta convertidas en una masa de barro negro, el balón tan resbaladizo como un budín de ciruela, y mi cabeza despistada por la neuralgia, tras una noche insomne de versificación. En esos días apenas si daba malos manotazos y acababa recogiendo el balón junto a la red. Compasivamente el juego pasaba a desarrollarse en el otro extremo del encharcado terreno. Comenzaba a caer una llovizna cansina, vacilaba, y volvía a empezar. Con una ternura casi arrulladora en su asordinado graznar, unos grajos en baja forma aleteaban en torno a un olmo deshojado. Se iba espesando la neblina.

El partido no era más que una vaga agitación de cabezas junto a la remota portería del St. John o del Christ College, o cualquiera que fuese nuestro rival. Los lejanos y confusos sonidos, un grito, un toque de silbato, el golpe seco de un chut, nada de todo aquello tenía importancia o relación conmigo. Ya no era tanto el guardián de una portería de fútbol como el guardián de un secreto.

Cruzados los brazos, apoyaba mi espalda en el poste izquierdo, disfrutaba del lujo de cerrar los ojos y escuchaba los latidos de mi corazón, notaba la ciega llovizna en mi cara, oía, alejados, los ruidos sueltos del partido, y me veía a mí mismo como un fabuloso ser exótico disfrazado de futbolista inglés, que componía versos en un idioma que nadie entendía, acerca de un país que nadie conocía. No era de extrañar que no gozase de muy buena reputación entre mis compañeros de equipo.”

—Vladimir Nabokov, Habla, memoria. Una autobiografía revisitada, [Fragmento] Editorial Anagrama, 1986.


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